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El vecino de Van Gogh

Fragmentos de la novela homónima que recibió Mención en el Premio Italo Calvino 2008, ............................................................. Fuente: www.caimanbarbudo.cu / Publicado: 21 de Mayo 2009

Por: Geovannys Manso

Ilustraciones: Adonis Flores
 
ESCENA IMAGINARIA
A duras penas, luego de transformarme en un personaje melodramático, excesivamente verosímil, convencí a mi hermana.
“No sabes cuánto me alegro de tu arrepentimiento. Papi está en el cementerio X, calle X, entrecalles Xs. Su lápida es gris. ¿De verdad quieres ir solo? ¿No quieres que te acompañe? ¡Puede ser muy duro para ti!.”
Y sí.
Fue duro.
Trasladar a mi p-a-d-r-e de madrugada. Pagarle a dos tipos que por mil pesos accedieron a acompañarme y luego, boca cerrada, de esto no se habla y no, solo este cadáver, no me interesan ni los chinos, ni los coreanos, ni los exsoviéticos que, según ellos, se venden carísimos en el mercado negro y yo otra vez que no, solo este, por razones profesionales, no crean que robo cadáveres para revenderlos y nada más, gracias por todo y otra vez, ya sabe socio, si necesita mano de obra barata para

estos raptos cadavéricos, nos avisa, que ganarse el pan hoy en día es nefasto, difícil como esculpir una piedra, como lograr una novela de éxito, o escribir un poema perfecto... Chao.
Allí está mi p-a-d-r-e, sobre la mesa.
Ahora podré estudiar día tras día cada cambio. Cada célula que muera me encontrará allí, a su lado.
Pienso en el número infinito de células eucariotas —casi escribo patriotas— que definen a mi p-a-d-r-e, muriendo, incapaces de toda reproducción. Así de sencillo: somos un número infinito de células eucariotas que deben reproducirse una y otra vez. Si falla algún mecanismo, todo se viene abajo como una torre mal construida.
Por eso creo que la biología molecular es el centro del universo.
Si surgiera una secta devota de las células eucariotas me uniría a ellos. Estoy casi seguro que los cristianos tergiversaron el proceso: Dios no creó a la célula eucariota, no, la célula eucariota creó a Dios con el ánimo de universalizar la especie. Dios habrá creado a la célula procariota, pero a la eucariota no.

Cuando sonó el teléfono ya sabía que se trataba de mi hermana.
“A papi se lo han robado. Te juro que no puedo creerlo. La policía ha estado aquí averiguando si tenía algún enemigo”.
“Para tener enemigos hay que tener personalidad y eso es algo que nuestro p-a-d-r-e nunca tuvo”.
Mi hermana llora.
Llorar es un mecanismo de defensa que las mujeres utilizan siempre: si el marido las deja, lloran, si se embarazan, lloran, si son felices o infelices, lloran, lloran, lloran, lloran, hasta vaciar infinitas ocasiones sus conductos lagrimales.
Mi hermana no puede evadir este mecanismo tan amplificado. Algunos hombres también lloran, sobre todo cuando sus esposas tienen el mecanismo muy exacerbado y ellos, un poco por hermandad, les ayudan a sobrellevar su peso lagrimal.
Llorar no resuelve nada, salvo para distender los susodichos conductos, aunque algunos especialistas sugieren que llorar inhibe ciertos procesos malignos y perturbadores de la conciencia.
Me pregunto si Raskolnikov lloró alguna vez.
Quizás sí, al final de la novela.
¿Lloró Emma Bovary?
¿Lloró Dorian Gray?
¿Lloró Cenicienta?
Pero mi hermana no conoce a Dostoievski, a Flaubert, a Wilde, ¿quién escribió La Cenicienta?, ¿los hermanos Green?
“Te juro que no sé qué hacer”.
“Sobre todo no vengas a mi casa. Estoy muy ocupado”.
“Sí, ya sé que estás muy ocupado con tus v-e-r-r-u-g-a-s”.
“Ahora tengo trece. Te enviaré una foto, un close up de cada una de ellas. Vas a infartar... Y no te preocupes por “papi”, quienes lo robaron descubrirán que se equivocaron de cadáver, descubrirán su poca importancia, que no amó a sus hijos, que no fue un héroe eterno de la patria, que no dejó fortuna, que sus huesos están carentes de calcio, que bebió demasiado en vida, que fue infiel, que leyó demasiadas Bohemias, que escribió muy pocas cartas, que nunca supo diferenciar una célula procariota de una eucariota, que no se cepillaba los dientes cuatro veces al día, que no usaba camisas almidonadas, que no toleraba la lactosa, que padeció de gastritis ulcerativa idiopática, que fue ateo y que, sobre todo, era heterosexual. Ser heterosexual hoy en día es casi como la peste en el medioevo. Por cierto, ¿Tú también eres heterosexual? No sé, simple curiosidad freudiana. ¿Sabes que hoy en el mundo se gasta más dinero en psicoanalistas que todo el invertido en guerras, desde el Paleolítico hasta nuestros días? No lo descubrí yo, te lo juro, no soy muy bueno en estadística. Lo leí. Para creer algo tienes que leerlo. Por eso la literatura, en ocasiones, trasvasa lo meramente ficcional para adscribirse a ciertos rasgos de la realidad inmediata. Los ejemplos sobran”.
“Me muero si papi no aparece”.
“Aparecerá. Te lo aseguro”.
“¿Quién tú eres, Sherlock Holmes?”
“Vaya vaya, al fin un ejercicio intertextual”.
“¡Qué ejercicio intertextual ni qué ocho cuartos!, Sherlock Holmes es vox populi, o tú crees que porque no me he leído los hermanos esos de Dostoiesky no sé quién coño es Sherlock Holmes. Por lo menos él no tenía tus asquerosas verrugas”.
“Y para colmo sarcástica. ¿Sabes que cada minuto que pasa te amo más? A lo mejor algún día podemos hablar de la nueva refutación del tiempo de Borges, o simplemente de cómo las bajas temperaturas influyen a las focas de Kamchatka para engendrar tres crías por paritorio. Eso es muy interesante...”
“Vete al carajo. Vete a todos los carajos del mundo. Pero antes, si sabes algo de papi, me avisas”, y colgó el teléfono.
Es triste decirlo, con mi hermana nunca se puede tener una conversación civilizada. Quiere ser sarcástica, sacarme de mis casillas, pero a la primera embestida de mi parte, me deja fuera de juego —como Heberto Padilla—. Si no se tiene sentido del humor —algo que solicitaba Vargas Llosa para comprender los desplantes políticos de Borges—, no se puede querer ser sarcástico. Eso necesita ejercicio, dinamismo, y por sobre todas las cosas, ausencia total de ortodoxias...

JUEVES (HACE 10 AÑOS)
Tu p-a-d-r-e te observa.
Observar es el verbo adecuado.
Pudiste escribir: “tu p-a-d-r-e te mira”, pero ello significaría un grado extremo de interrelación.
No.
Tu p-a-d-r-e te observa. Como se observa una larva, un coleóptero, un experimento fallido, un maleficio.
En la mesa, frente a frente, tú y tu p-a-d-r-e.
H2k, a tu derecha, intenta permanecer al margen, convertirse en narratario, evadir el lentecimiento de los hechos.
Él te observa.
Tú lo observas, como se observa un filme policiaco de bajo costo.
Nada dicen.
Todo es silencio y observación detallada.

Todo pertenece a una de esas escenas de un western spaghetti.
No sabemos cuál de los dos es el héroe, cuál de los dos el personaje central de esta historia.
Tu p-a-d-r-e come, lentamente. Mastica el arroz. Mastica la carne. Mastica el tomate, el pan, la yuca. Todo con delectación pasmosa. Callado. Observándote.
En algún momento deja de masticar. Te observa una vez más. Dice:
“Así que te vas a casar con esa puta”.
“Sí. Me voy a casar con esa puta”, le respondes.
“¿Y cuándo te piensas casar con esa puta?”
“No lo sé aún. Tal vez dentro de seis meses”.
Mastica. Bebe. Te observa. Dice:
“¿Tiempla bien?”
“Bastante bien, creo”.
“¿Es limpia?”
“Tanto como un gato”.
H2k sonríe.
“¿Cuántos maridos ha tenido antes que tú?”
“Unos cinco”, le mientes.
Mastica. Deglute. Bebe. Dice:
“Esta yuca es una mierda”.
Yuca y tenedor salen volando hacia el pasillo.
H2k se sobresalta.
Has visto tantas veces esa escena que tu sobresalto no es mayor al de una hormiga.
“¿Ya sabes que te casarás con un vago?”
“Sí”, responde con timidez H2k.
“¿Qué hace una mujer como tú casándose con un vago?”
“Anhelo de experimentación, supongo”, agrega con ironía.
Tu p-a-d-r-e te observa.
Podrías decir: mirada incriminatoria, reticente.
Vacíos parlamentos se dejan escuchar de ambos lados.
Terminan de “comer”.
Tu p-a-d-r-e se aleja no sin antes escupir ante tus pies.
Acto revelador, inequívoco, de que prefiere cualquier circunstancia, salvo la que signifique un nuevo encuentro.
Nos despedimos de nadie.
Al salir, H2k te pregunta:
“¿Qué calle es esta? ¿Qué número?”
Sabes que no volverá jamás.
Sabes que no volverás jamás...
SÁBADO
No sabes por qué ambas escenas concurrieron a la vez.
Salvo la peculiaridad de que, en ambas, se encontraba H2k.
Salvo que, en ambas, una sutil humillación, una sutil desesperanza habitó tu sangre y tus vísceras.
Pero allí están ahora, como si hubiesen ocurrido ayer.
¿Por qué no recordar otras menos mórbidas, menos al fondo de tus amarguras?
Cuando tocaron a la puerta con insistencia sabías que no podría ser otra que H2k.
Ahora que está frente a ti, ojerosa y ecuánime como una faraona egipcia, descubres la permisibilidad de ambas escenas.
“Este es mi ex marido”, dice H2k a un hombre fortachón, de unos 90 kilogramos, vestido como para entablar combate con un pelotón de gladiadores.
“Qué hay, socio”, dijo el fortachón.
“Hola”, te escuchas decir.
“Y bien, ¿por dónde quiere el muro, señora?”
“¿Qué muro?”, preguntas al vacío.
“Vine a dividir la casa. Sabes que tengo derecho a la mitad, ¿o no?”. H2k te observa, justo con aquella mirada de tu p-a-d-r-e hace 10 años.
“Sí. Creo que sí”, respondes.
“¿Crees que sí, o estás seguro que sí?”, te cuestiona el hombrón de casi dos metros de estatura.
“Déjalo”, lo conmina H2k. “La seguridad no es algo que él cultive, desgraciadamente”.
Detrás del “boxeador por cuenta propia”, penetran en la casa cinco tipos con picos, palas, cubos, cinceles, tablas, cemento, bloques, arena, cordeles, cables y un sin fin de objetos que tu incultura laboral te impide nombrar.
“Está todo listo, doña. Cuando usted quiera le metemos mano al asunto”, y el hombrón hizo una reverencia tan ridícula como sus dientes postizos.
Como la casa no era un cuadrado, sino un rectángulo perfecto, decidimos que lo más apropiado sería trazar una línea hasta crear dos triángulos perfectos, dos espacios idénticos, en medidas y formas.
La posibilidad inminente de convertir la casa en dos triángulos te da risa.
Ahora H2k habitará el triángulo A. Tú, el triángulo B. Entre ambos, una línea recta oficiará de muro divisorio. Todo muro cumple una única función: dividir.
Si se cuantificaran los muros erigidos tras cada separación de ambos cónyuges, el número se acercaría al infinito.
Se te antoja que ahora H2k habitará la república federal X; tú, la república democrática Y. En el triángulo de H2k proliferará el libre comercio, la prostitución y la diferencia marcada de clases; en el tuyo, las empresas socialistas, la disciplina, la censura a todo aquello que no sea útil sino para edificar una sociedad más justa. En el triángulo de H2k se multiplicarán los partidos; en el tuyo, uno se afianzará en el poder para dirimir cada función, cada objetivo, cada plan quinquenal. Por extraño que parezca, esta simple asociación te hace desear el triángulo de H2k, pero aún no sabes con certeza si tus suposiciones podrán corroborarse. Ahora solo observas, con tranquilidad, el muro que va cobrando forma: un bloque, dos, tres, cuatro, veinte, cincuenta, cien, doscientos, trescientos catorce bloques.
Es perfecto.
Solo falta el repello.
Quisieras preguntarle a H2k de qué color pintará su lado. Seguramente quedará definido por graffitis escandalosos, pueriles, o xenofóbicos. Algo que humille a judíos, negros, o asiáticos. Quizás sirva para publicitar artículos inconsistentes con tu moral: alguna píldora milagrosa, alguna campaña electoral del nuevo alcalde, del nuevo senador, del nuevo presidente.
Tu lado no.
Tu lado quedará uniforme: verdeolivo, rojo, o azul, tan esperanzador como el futuro de tu república democrática —casi escribes abúlica. Allá ella. Sabes que no tiene futuro. Que su mundo capitalista es falso, oneroso, ruin, sin democracia representativa, sin juventudes comunistas, sin organizaciones obreras que dignifican cada hora laboral, cada primero de mayo.
“Listo, señora”, grita el hombrón, satisfecho y sudoroso como un corredor que acaba de ganar la medalla de oro de la maratón.
“Un gusto, socio”, y el batallón de constructores te saluda, agradeciéndote tu amabilidad, tu tranquilidad al ver tu casa convertida en dos triángulos perfectos. Ahora, cada uno tendrá a su disposición sus dos catetos, una hipotenusa-muro común y su ángulo recto, rectísimo.
Del otro lado escuchas a H2k. Canta:
“No puedo ser feliz,
no te puedo olvidar,
si las almas hablaran
en su conversación
las nuestras se dirían
cosas de enamorados...”
H2k es feliz.
Nunca pensaste que ser la propietaria de un triángulo perfecto le provocaría tal desasosiego.
Antes ocupaba un rectángulo, dos veces su triángulo, y jamás cantó con aquella afinación, con aquel grado de entrega, tanto, que imaginas que quien ocupa aquel sitio es Esther Borja, Miriam Ramos, o Elena Burke.
Extrañamente te sientes feliz ante la felicidad de H2k.
Por qué iba a ser de otro modo...