|

|
Hasta
donde sabemos, el mundo no es otra cosa que una larga cadena de
reciclaje. Lamentablemente no todos lo saben, aun siendo ellos
mismos resultado de este proceso.
Para
entrar en asunto, la materia prima de una obra de arte es una
coalescencia de infinidad de productos naturales de las más
diversas procedencias. Lino, cadmio, mármol, algodón,
titanio, madera, cartón, cobalto, bronce…, hasta
donde acaben las fuentes conocidas, son recursos valederos e indispensables
para manifestarse artísticamente.
De
hecho, nunca hubo límites para la expresión humana,
salvo en sus ideas. ¿Cuáles son los ingredientes
permisibles para contemplar como arte cualquier acto de creación?
Es una pregunta sosa, ya lo se, al menos en nuestro planeta. Pero
hay quienes se ponen el casco de la intolerancia antes de que
les corresponda.
Para
corroborar la potencialidad infinita de estas ideas, aquí
está nuevamente (renovadoramente, podría decirse)
Joel Jovert, alguien que nos tiene acostumbrados a la deshabituación
perceptiva de su obra. Muestra de ello fue su mas reciente muestra
El arte de reciclar el arte, en la galería capitalina La
Acacia. |
|
|
Igual da si es una tabla del gótico
tardío, una Madonna del renacimiento, o de su propia inspiración;
sus relecturas son asumidas, desde la interpretación más
contemporánea, con simples envoltorios de desechos domésticos
e industriales.
Las cosas han cambiado un poco. Si por alguna
extraña falta de correspondencia en la evolución
social del arte nos tocara hacer una “Sagrada Familia”,
ya entrado el tercer milenio, una solución estéticamente
idónea sería la que ha enarbolado Joel. Ya dije
que las cosas han cambiado un poco, por lo que el ejercicio de
interpretación histórica le otorga un rico sabor
anacrónico a las piezas del artista.
De eso se trata. Puro contraste, ¡cómo
si los módulos de ladrillo, lata, cartón y madera
de un barrio periférico latinoamericano, no emularan en
complejidad visual y estética con la catedral de Nuestra
Señora de París!
Son dos lenguajes, dos perentorias maneras de
afrontar necesidades de todo tipo; desde la material, hasta la
espiritual, si de dividir dependiera una mejor explicación
del asunto. Es lo mismo.
Una cosa es decir que un urinario es una fuente,
dando un brusco giro a la asimilación conceptual del arte,
y otra bien distinta es plantear que el devenir estético
del hombre es una gran alacena de donde tomar prestado para repensar
nuestro pasado, o regurgitar nutrientes que quedaron en la pretérita
panza de la cultura humana…, con urinario incluido.
|