LAS
HORAS
Anisley Negrín Ruiz
(Premio)
Un cubículo de tren como una jaula de pollos. Dos personas:
hombre triste, mujer joven. Mujer joven que lee una revista.
Hombre triste que posa la vista en cualquier parte, lo mismo
sobre los asientos, con algo de asco, que sobre la joven, saliéndosele
por los ojos tristes, vestigios de deseo. Yo era a veces triste,
a veces joven. Leía y deseaba a la par de mi tristeza
y de mi juventud. Y las horas comían, comían,
comían… Horas glotonas de tren que los devoraban.
Primero, las páginas de la revista se volvieron amarillas
y soltaban sus pedazos. Luego, el pelo de la joven se fue haciendo
cano, y los ojos tristes que la observaron con disimulo alguna
que otra vez, lacrimosos, ajados. Ambos se miraron fijos al
percatarse del cambio. «Ya no somos los mismos»,
dirían para sus adentros, pero sólo un instante.
Después, volvieron a lo suyo: a añorar la belleza
de la carne tierna, a la sublime agonía del lamento.
Mientras, yo seguí siendo joven y triste. Del otro lado
del cristal el paisaje era el mismo.
Chequeo
Edgar
Jerez González
(Primera Mención)
¡Cuidado, alguien
vigila!
Osvaldo Antonio Ramírez
Yo no creo que sean
verdad todas esas cosas de las que siempre están hablando,
me parece que son puro delirio de persecución; al menos
en lo que a mí concierne y a todos los que me rodean,
jamás hemos sentido que nos estén vigilando, ni
nada por el estilo. Expreso libremente lo que pienso y nunca
he tenido problemas, ni me han hecho advertencias o todas esas
otras cosas que ustedes no paran de repetir, anécdotas
a veces espeluznantes, y lo peor es que también pululan
en sus textos, que ya me tienen cansado y creo que desde hace
mucho agotan a los lectores, mal escritas, burdamente narradas.
Me parece que escribir es mucho más, que está
más allá, más cerca de Dios y veo como
indigno todos esos pretextos extraliterarios. No, no se ofenda
nadie, eso es propio de pseudos intelectuales, de cerebros de
poca monta. En mi opinión, la policía secreta
no gasta su tiempo ni recursos vigilando a míseros gorgojos
como nosotros. Todo el mundo no es malo, coño, basta
de decir o escribir sobre lo mismo, basta de sentirnos víctimas,
de acusar a otros, de dudar de todo y de todos.
Esto, en forma resumida,
fue lo que el escritor X comentó íntimamente ayer
entre sus colegas participantes en el encuentro desarrollado
en el Liceo Municipal, aunque a primera vista parece un criterio
favorable, sugiero mantenerle el chequeo.
P.D. Obsérvese,
además, que resalté la palabra Dios.
Instante
Kiuder
Yero Torres
(Mención)
Nada se mueve. Dos
horas antes y después son una misma hora. La soledad
es la misma. Las señales una sola señal. La tinta
no se acaba; pero nadie escribe la historia. Dios deja su bata
flotando junto al hacha del verdugo detenida sobre el cuello
de un asesino. Hasta que finalmente mi madre, presurosa ella
y estricta con los relojes, vuelve a darle cuerda a esta máquina
del tiempo.
Mauricio
Ariadna
Arias Martínez
(Mención)
Después de
treinta años en la difícil carrera de escritor,
Mauricio se da cuenta de que sus personajes han comenzado a
cambiar.
Algunos decidieron
asumir las historias de los otros. Dos de sus preferidos se
han suicidado. El mejor personaje femenino cambió su
orientación sexual.
Mauricio aceptará
las transformaciones y llegará a la cima de su carrera.
Se hará rico con las nuevas historias que han surgido
solas.
Entonces veo a Mauricio,
sobre el papel, destrozando todos sus escritos.
Si acepto su cambio
de actitud, seguramente me haré famosa con la nueva historia;
pero no puedo permitir que un personaje haga y deshaga a su
antojo.
Entonces dejo a
Mauricio hecho pedazos.
A los pocos minutos
siento cómo se rasga mi piel.
La circunstancia
de Perrault
Marco
Antonio Calderón
(Finalista)
Toda
palabra dice algo más de lo que debiera,
y también menos de lo que debiera expresar.
José Ortega y Gasset
La hija creció
sin afectos y la madre apenas pudo ocultar su desprecio hasta
la noche en que conoció al Otro. Sin nadie que la apoyara
en el cuidado con la niña vio cómo su nuevo romance
comenzaba a enfriarse. Las visitas de él se espaciaban.
No puedo hacerte el amor en la misma cama que duerme esta criatura,
alegaba el hombre; menos aún que la lleves para la sala
a dormir en el suelo, es infame. La mujer obedecía humilde.
Una madrugada, mientras
el Otro la poseía sobre la mesa del comedor, y ella gritaba
de placer, la niña los sorprendió. ¿Qué
le estás haciendo a mamita? El hombre se demudó,
no puedo seguir así, y se marchó en silencio.
Mientras lo lloraba apoyada sobre el diario que habían
dispuesto para no derramar semen sobre la mesa, leyó
la alerta a todos los ciudadanos de la villa. La idea fue tomando
forma. Buscó en el closet la caperuza, corrió
hasta la cuna y despertó a su hija. La vistió
precipitadamente, y poniendo en sus manos una cesta con la comida
que él dejara intacta sobre la mesa, le ordenó
llevársela a la abuelita.
—Debes apurarte,
la pobre está enferma y necesita alimentarse.
Y cuando la caperuza
roja se perdía bostezando en el camino del bosque, la
mujer volvió a leer la alerta sobre cierta bestia escapada
del zoológico.
Entre doctores
te veas
Roberto
Carlos Saborit Beltrán
(Finalista)
No vine en busca
de nada ni nadie a esta ciudad, pero saber que el viejo Cástulo
está al morir erosionó un recuerdo. Ayer lo vi
tendido en su cama de hospital sin atreverme a abordarlo. Ironía
que alguien que siempre rondó los días de los
enfermos, termine así.
Hola Cástulo,
soy el hijo de Isabel. Tarda en reaccionar, quizá por
la edad, la enfermedad o el mucho tiempo que no sabe de nosotros.
Recuerda algo de la historia clínica de mamá.
Aprovecho la brecha para arremeter contra su suspicacia. ¿Cástulo,
qué pasó en el primer parto de mi mamá?
Muchacho, déjale
esas dudas al pasado y a la muerte, contesta amortajado en la
voz del antiguo doctor. Sin poder escapar de mi interrogante
con semejante retórica toma en la palma de la mano el
conducto del oxímetro que le prende de un dedo y se justifica:
Ahora con sólo mirar un monitor al lado de la cama del
enfermo se pueden saber tantas cosas, dice enlodado en una garraspera
de viejo enfermo, que le imprime una inflexión lastimosa
a la voz y ya no soporto más no imputarle su hipocresía.
¡Una comadrona
lo hubiera hecho mejor que ustedes! ¿Quién la
mató, Cástulo? ¿Fueron ustedes, verdad?
El viejo se asusta
y aprieta el botón rojo para llamar a un doctor en su
ayuda. No hace ademán de contestar por más que
le pregunte o me aferre a una súplica violenta, sale
en su defensa un monitor lanzando un zumbido, luego en la garganta
le traquea un cartílago y Cástulo se va sin decir
quién los mató.
Me asusta la vehemencia
con que la mano muerta de Cástulo intenta aún
tocar el botón rojo, pero me alejo con calma seguro de
que tardarán: siempre llegan tarde.
El insomnio
Marcos
Antonio Díaz Sosa
(Finalista)
El matemático
sale en la noche de su casa y camina un par de cuadras hasta
llegar al malecón.
Sentado en el muro,
fuma y mira hacia el mar. Ha estado mucho tiempo tratando de
resolver un problema matemático que parece no tener solución.
Hace tanto tiempo que ha perdido el apetito y el sueño.
Se divierte escuchando
hablar a las parejas de jóvenes que pasan por la acera.
Los mira, aunque no sepa cómo pensar en ellos. También
mira los perros que pasan. Y los vendedores de maní.
A los turistas no
los mira. Le da cosa mirar a los turistas. Cuando por el rabito
del ojo algo le parece muy blanco o muy limpio, se vuelve hacia
el mar, fuma, y se concentra en el sonido de las olas, para
no escuchar el alemán de la pareja blanca que está
pasando a sus espaldas.
Se pone en pie y
termina lo que le queda del cigarro. Con ambas manos en los
bolsillos, camina.
Camina con la cabeza
gacha para no ver a los turistas.
Pero igual, siempre
hay uno o dos con los que no puede evitar encontrarse. Entonces
tiene que acercárseles y pedirles, caballerosamente,
algo de dinero. Los turistas nunca le han dicho que no.
Camina un par de
kilómetros bordeando el muro del malecón y vuelve.
Si aún no
está muy cansado, lo hace una vez más. Entonces
regresa a su apartamento de la avenida Infanta.
Se sienta en la cama
y se quita las botas muy despacio. Se acuesta boca arriba y
fuma una vez más.
Cuando concluye,
mete la mano en su bolsillo y saca las monedas que le han dado.
Las cuenta y las coloca en la mesa de noche. Dependiendo de
cuánto haya terminado de contar, logra olvidar su problema
matemático o no.
Si logra olvidarlo,
duerme.
Si no, vuelve a salir
hasta malecón, a caminar y a coger aire, hasta que el
cansancio le dé ganas de dormir.