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Premio Nacional de Cuento breve "Casa Tomada 2007"

Publicado: 26 de febrero 2009 / Fuente: www.videncia.cult.cu
LAS HORAS

Anisley Negrín Ruiz

(Premio)

Un cubículo de tren como una jaula de pollos. Dos personas: hombre triste, mujer joven. Mujer joven que lee una revista. Hombre triste que posa la vista en cualquier parte, lo mismo sobre los asientos, con algo de asco, que sobre la joven, saliéndosele por los ojos tristes, vestigios de deseo. Yo era a veces triste, a veces joven. Leía y deseaba a la par de mi tristeza y de mi juventud. Y las horas comían, comían, comían… Horas glotonas de tren que los devoraban. Primero, las páginas de la revista se volvieron amarillas y soltaban sus pedazos. Luego, el pelo de la joven se fue haciendo cano, y los ojos tristes que la observaron con disimulo alguna que otra vez, lacrimosos, ajados. Ambos se miraron fijos al percatarse del cambio. «Ya no somos los mismos», dirían para sus adentros, pero sólo un instante. Después, volvieron a lo suyo: a añorar la belleza de la carne tierna, a la sublime agonía del lamento. Mientras, yo seguí siendo joven y triste. Del otro lado del cristal el paisaje era el mismo.

Chequeo

Edgar Jerez González

(Primera Mención)

¡Cuidado, alguien vigila!

Osvaldo Antonio Ramírez

Yo no creo que sean verdad todas esas cosas de las que siempre están hablando, me parece que son puro delirio de persecución; al menos en lo que a mí concierne y a todos los que me rodean, jamás hemos sentido que nos estén vigilando, ni nada por el estilo. Expreso libremente lo que pienso y nunca he tenido problemas, ni me han hecho advertencias o todas esas otras cosas que ustedes no paran de repetir, anécdotas a veces espeluznantes, y lo peor es que también pululan en sus textos, que ya me tienen cansado y creo que desde hace mucho agotan a los lectores, mal escritas, burdamente narradas. Me parece que escribir es mucho más, que está más allá, más cerca de Dios y veo como indigno todos esos pretextos extraliterarios. No, no se ofenda nadie, eso es propio de pseudos intelectuales, de cerebros de poca monta. En mi opinión, la policía secreta no gasta su tiempo ni recursos vigilando a míseros gorgojos como nosotros. Todo el mundo no es malo, coño, basta de decir o escribir sobre lo mismo, basta de sentirnos víctimas, de acusar a otros, de dudar de todo y de todos.

Esto, en forma resumida, fue lo que el escritor X comentó íntimamente ayer entre sus colegas participantes en el encuentro desarrollado en el Liceo Municipal, aunque a primera vista parece un criterio favorable, sugiero mantenerle el chequeo.

P.D. Obsérvese, además, que resalté la palabra Dios.

Instante

Kiuder Yero Torres

(Mención)

Nada se mueve. Dos horas antes y después son una misma hora. La soledad es la misma. Las señales una sola señal. La tinta no se acaba; pero nadie escribe la historia. Dios deja su bata flotando junto al hacha del verdugo detenida sobre el cuello de un asesino. Hasta que finalmente mi madre, presurosa ella y estricta con los relojes, vuelve a darle cuerda a esta máquina del tiempo.

Mauricio

Ariadna Arias Martínez

(Mención)

Después de treinta años en la difícil carrera de escritor, Mauricio se da cuenta de que sus personajes han comenzado a cambiar.

Algunos decidieron asumir las historias de los otros. Dos de sus preferidos se han suicidado. El mejor personaje femenino cambió su orientación sexual.

Mauricio aceptará las transformaciones y llegará a la cima de su carrera. Se hará rico con las nuevas historias que han surgido solas.

Entonces veo a Mauricio, sobre el papel, destrozando todos sus escritos.

Si acepto su cambio de actitud, seguramente me haré famosa con la nueva historia; pero no puedo permitir que un personaje haga y deshaga a su antojo.

Entonces dejo a Mauricio hecho pedazos.

A los pocos minutos siento cómo se rasga mi piel.

La circunstancia de Perrault

Marco Antonio Calderón

(Finalista)

Toda palabra dice algo más de lo que debiera,
y también menos de lo que debiera expresar.
José Ortega y Gasset

La hija creció sin afectos y la madre apenas pudo ocultar su desprecio hasta la noche en que conoció al Otro. Sin nadie que la apoyara en el cuidado con la niña vio cómo su nuevo romance comenzaba a enfriarse. Las visitas de él se espaciaban. No puedo hacerte el amor en la misma cama que duerme esta criatura, alegaba el hombre; menos aún que la lleves para la sala a dormir en el suelo, es infame. La mujer obedecía humilde.

Una madrugada, mientras el Otro la poseía sobre la mesa del comedor, y ella gritaba de placer, la niña los sorprendió. ¿Qué le estás haciendo a mamita? El hombre se demudó, no puedo seguir así, y se marchó en silencio. Mientras lo lloraba apoyada sobre el diario que habían dispuesto para no derramar semen sobre la mesa, leyó la alerta a todos los ciudadanos de la villa. La idea fue tomando forma. Buscó en el closet la caperuza, corrió hasta la cuna y despertó a su hija. La vistió precipitadamente, y poniendo en sus manos una cesta con la comida que él dejara intacta sobre la mesa, le ordenó llevársela a la abuelita.

—Debes apurarte, la pobre está enferma y necesita alimentarse.

Y cuando la caperuza roja se perdía bostezando en el camino del bosque, la mujer volvió a leer la alerta sobre cierta bestia escapada del zoológico.

Entre doctores te veas

Roberto Carlos Saborit Beltrán

(Finalista)

No vine en busca de nada ni nadie a esta ciudad, pero saber que el viejo Cástulo está al morir erosionó un recuerdo. Ayer lo vi tendido en su cama de hospital sin atreverme a abordarlo. Ironía que alguien que siempre rondó los días de los enfermos, termine así.

Hola Cástulo, soy el hijo de Isabel. Tarda en reaccionar, quizá por la edad, la enfermedad o el mucho tiempo que no sabe de nosotros. Recuerda algo de la historia clínica de mamá. Aprovecho la brecha para arremeter contra su suspicacia. ¿Cástulo, qué pasó en el primer parto de mi mamá?

Muchacho, déjale esas dudas al pasado y a la muerte, contesta amortajado en la voz del antiguo doctor. Sin poder escapar de mi interrogante con semejante retórica toma en la palma de la mano el conducto del oxímetro que le prende de un dedo y se justifica: Ahora con sólo mirar un monitor al lado de la cama del enfermo se pueden saber tantas cosas, dice enlodado en una garraspera de viejo enfermo, que le imprime una inflexión lastimosa a la voz y ya no soporto más no imputarle su hipocresía.

¡Una comadrona lo hubiera hecho mejor que ustedes! ¿Quién la mató, Cástulo? ¿Fueron ustedes, verdad?

El viejo se asusta y aprieta el botón rojo para llamar a un doctor en su ayuda. No hace ademán de contestar por más que le pregunte o me aferre a una súplica violenta, sale en su defensa un monitor lanzando un zumbido, luego en la garganta le traquea un cartílago y Cástulo se va sin decir quién los mató.

Me asusta la vehemencia con que la mano muerta de Cástulo intenta aún tocar el botón rojo, pero me alejo con calma seguro de que tardarán: siempre llegan tarde.

El insomnio

Marcos Antonio Díaz Sosa

(Finalista)

El matemático sale en la noche de su casa y camina un par de cuadras hasta llegar al malecón.

Sentado en el muro, fuma y mira hacia el mar. Ha estado mucho tiempo tratando de resolver un problema matemático que parece no tener solución. Hace tanto tiempo que ha perdido el apetito y el sueño.

Se divierte escuchando hablar a las parejas de jóvenes que pasan por la acera. Los mira, aunque no sepa cómo pensar en ellos. También mira los perros que pasan. Y los vendedores de maní.

A los turistas no los mira. Le da cosa mirar a los turistas. Cuando por el rabito del ojo algo le parece muy blanco o muy limpio, se vuelve hacia el mar, fuma, y se concentra en el sonido de las olas, para no escuchar el alemán de la pareja blanca que está pasando a sus espaldas.

Se pone en pie y termina lo que le queda del cigarro. Con ambas manos en los bolsillos, camina.

Camina con la cabeza gacha para no ver a los turistas.

Pero igual, siempre hay uno o dos con los que no puede evitar encontrarse. Entonces tiene que acercárseles y pedirles, caballerosamente, algo de dinero. Los turistas nunca le han dicho que no.

Camina un par de kilómetros bordeando el muro del malecón y vuelve.

Si aún no está muy cansado, lo hace una vez más. Entonces regresa a su apartamento de la avenida Infanta.

Se sienta en la cama y se quita las botas muy despacio. Se acuesta boca arriba y fuma una vez más.

Cuando concluye, mete la mano en su bolsillo y saca las monedas que le han dado. Las cuenta y las coloca en la mesa de noche. Dependiendo de cuánto haya terminado de contar, logra olvidar su problema matemático o no.

Si logra olvidarlo, duerme.

Si no, vuelve a salir hasta malecón, a caminar y a coger aire, hasta que el cansancio le dé ganas de dormir.