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Graffitis
en la ciudad |
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Cuento,
Por: Luis Alfredo Vaillant /
Fuente: www.lajiribilla.cubaweb.cu
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Publicado: 16 de febrero 2009 |
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Luis
Alfredo Vaillant (La Habana 1968)
Poeta y narrador. Pertenece al Taller Lirterario del Cotorro y
al grupo Palabras In-Co-Nexo. Graduado del Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge Cardoso. Tercer premio Salvador Redonet
de cuento en el 2001. Premio Camello Rojo de Poesía en
el 2001. Premio Alfredo Torroella de Poesía en el 2001.
Premio Nacional de Cuentos de Amor de Las Tunas en el 2002 con
el cuento Let it be, la mejor de las muertes. Obtuvo una de las
becas de creación Caballo de Coral y fue finalista del
premio César Galeano en el 2002, convocado por el Centro
de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio de
la Asociación Hermanos Saíz de la provincia La Habana
en el concurso Mina Pérez con el cuento Let it be, la mejor
de las muertes y mención en el concurso de cuentos de la
revista La Gaveta, Pinar de Río 2002. Premio Alfredo Torroella
2003 en el género cuento. Mención en el concurso
nacional de minicuentos El dinosaurio, de Sancti Spíritus
2003. Premio Nacional de cuento Ernest Hemingway 2003 con el cuento
Los cuadros de mamá o el día que Marat me visitó
por primera vez durante la caravana de los desnudos, publicado
por la revista Extramuros. Mención del premio Farraluque
de literatura erótica de poesía 2005. Mención
del Premio Camello Rojo en cuento en 2005. Primera Mención
del Premio Juan Francisco Manzano de poesía 2005. Tercer
premio de la primera edición del Premio Tristán
de Jesús Medina, Bayamo, 2005. Premio David 2005 de la
UNEAC en cuento con el libro Náufragos. Mención
del premio nacional Hermanos Loynaz 2006 de literatura infantil.
Mención del premio nacional Luis Rogelio Nogueras 2007
de literatura infantil. Tiene publicado el libro de cuentos Náufragos,
Ediciones Unión 2007.
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Esta ciudad puede estar llena de asesinos.
Cualquiera puede ser la victima esperando en un rincón
oscuro. Ella dijo tenernos que matarlo y dijo tenemos como si
uno dependiera del otro, como si uno estuviera dentro de su
cabeza, como si mi cuerpo mi olor y mi pene formaran parte de
su psiquis, haciéndome cómplice; fue un tenemos
colectivo, directo, insidioso y acusador, como si un proyecto
de muerte pudiera compartirse tan fácil, envolviendo
las palabras con razones de culpabilidad. El asesino está
en la ciudad y no sabe que será el victimario del muerto,
no sabe que es un instrumento destinado a matar; él puede
caminar a su lado, guiñarle un ojo establecer una conversación
trivial, puede ser un profesional de la muerte
que mide sus movimientos y el modo de ocultar las evidencias;
quizás es un joven ingenuo desubicado desorientado del
modo que pudiera ocultar las evidencias, sin saber que su vida
está siendo analizada como si fuera un conejillo de indias.
Sus costumbres, su habitad, sus gustos los límites de
la psiquis que lo pueden convertir en una real arma homicida
han sido estudiadas como en un lab oratorio,
han sido predestinadas a convertirse en el arma que no tiene
piedad ante la calma y la resignación de su víctima,
ante la mirada del que espera la muerte. La ciudad también
se muere, y se mueve como todas, es un laberinto: edilicios,
contaminación, policías, asesinos y muertos. Estoy
aquí, a la sombra de un árbol, la gente grita,
camina indiferente, los cuento, los enumero, los niños
corren detrás de las pelotas, el bullicio ayuda a los
asesinos y a los muertos que siempre están ahí,
yo sigo aquí, clasifico a las mujeres, las ubico, unas
a un lado, grupo A, otras a otro extremo bien opuesto, grupo
B; algunas no sé donde ubicarlas, se salen de los parámetros
o no entran, las D, son esas que uno no sabe de qué son
capaces. Siempre pasaba y no me acercaba, nunca me gustaron
los parques, pensaba que era de viejos, ella también
siempre está ahí, anunciando, gritando, es una
vendedora ambulante como casi todas: inmigrante, marginal, con
necesidades materiales, eso creo. Me pregunto de dónde
sale tanto maní, los noticieros no hablan de sobrecumplimiento
de la cosecha, de fertilización ni de alimento proteico,
no es un cultivo priorizado pero está ahí, todo
el año, perenne, resistiendo ciclones, plagas y funcionarios;
en todas sus variedades sigue ahí como esa mujer que
vende, anuncia y grita lastimando mis oídos convenciéndome
para que yo compre uno, solo uno de los cucuruchos llenos de
semillas rojas tostadas y con sal. Miro el papel, es el sexto
que tiro al agua, reaccionan, desde el papel se dibuja una gran
mancha que cubre toda el agua sucia, miro otro papel en mi mano
después de haber terminado con el maní, está
escrito, leo: Esa gente que se ignoran está salvando
el mundo. Leo varias veces, no lo puedo creer, no parece casual,
pero las casualidades son solo circunstancias a las que le damos
una importancia desmedida. El parque lleno de papeles me hace
recordar el zoológico, nadie se daba cuenta que estaban
escritos, todos en lo suyo, sustraídos por la imparcialidad,
por la unanimidad del parque. Los papeles parecían dirigidos
a mí, solo a mí, miraba la fuente que se había
convertido en un cementerio de papeles de maní y de palabras;
palabras muertas, exactamente ahogadas en agua sucia. La manisera
me miraba y reía, siempre reía y gritaba, me miraba
como diciendo: lee que tú eres el elegido, caminaba,
gritaba, sonreía, daba rondas en el parque esperando
que yo le dijera algo. No estábamos solos, yo rodeado
de dudas, incertidumbres y un montón de preguntas, ella
rodeada de intrigas e insinuaciones, esbozando sonrisas, mostrando
su dentadura, feliz, metiéndose en mi mente, deteniendo
su pensamiento en mí...
Yo le digo negra, nunca me dijo su nombre, ni
su edad, ni su grupo sanguíneo, tampoco me dijo si yo le
gustaba; está aquí todos los días, grita,
se mueve entre la gente que pasa, juega con algunos niños,
da algunas recetas de cocina, se ríe, siempre se ríe.
Nunca me había fijado en ella, quiero decir detenerla en
mi pensamiento, ubicarla en mi mente, retener la imagen en movimiento,
convertirla en idea: la negra vendiéndome maní,
sonriendo, moviéndose con su cuerpo ideal de negra: cintura
estrecha, pocas tetas y un gran culo, la negra levantando al niño
que se calló al suelo mientras corría, la negra
sentada secándose el sudor, la negra en el parque que sigue
la pelota de los niños que juegan y yo con un papel en
la mano, y la pelota que rueda cerca de mis pies y ella se agacha
a recoger la pelota y yo con un papel escrito en la mano preguntándole
por qué estaban escritos, son solo palabras, me dijo, esta
es una ciudad sin graffiti, muda, los grafitos necesitan muros,
y estamos rodeados de muros silentes, un graffiti es un mensaje
de amor, sexual y de protesta... no entendí su respuesta
pero dijo graffiti conteniendo sus labios, sin mover los hombros,
sin mostrar los dientes, y dijo muros silentes con la mirada fija
en mis ojos pero no en mis ojos sino en la profundidad de mis
ojos, como calando el trayecto de mi nervio óptico hasta
el cerebro, horadando en mi pensamiento, en mí cúmulo
de ideas. Tendría treinta, treinta y cinco o cuarenta años,
nunca supe, como después ella misma me dijo, a los negros
después de los treinta no se sabe la edad que tienen y
sonrió diciendo treinta y encogió los hombros diciendo
treinta y cinco y mostró toda su blanca y envidiable dentadura
diciendo cuarenta y después dijo que ninguna verdad es
absoluta, que la edad es solo un número escrito en un papel,
que la edad se lleva por dentro, en el deseo y el sexo y dijo
sexo llena de otras intenciones, lejos del maní, dijo sexo
otra vez con aquella sonrisa que solo ella tiene y los ojos le
brillaban y yo no podía creer que estaba metiéndome
dentro de la negra, en sus ojos negros y húmedos, en su
cintura moldeable y estrecha, entre sus redondas y duras nalgas,
saboreando su piel y diciendo palabrotas y frases cursis. En el
parque todo fue muy extraño, y rápido, ella era
una experta de treinta-cuarenta años, negra, con una hermosa
dentadura y un gran culo, yo, un blanquito de veinte años
con muchas dudas, una mediana pinga y dispuesto a hacer cualquier
cosa. Le devolvió la pelota a los niños, me volvió
a mirar, siempre me miraba, sonrío, y me preguntó
si me gustaban los jeroglíficos: sonreí, las manos
me sudaban, intenté hablar.
–No, realmente no sé qué
es un jeroglífico
–Por ejemplo, si te digo: viejo + pez +
azul, ¿en qué piensas?
–En “El viejo y el mar”, en
Hemingway.
–Y si te digo: mujer + hombre + cama.
Callé, nunca fui bueno para invitar a
una mujer a la cama y menos si ella me invitaba a mí. Me
vi en su casa, no sé cómo llegamos, ella hablaba
mientras caminábamos, era un solar habanero: bulla, música,
olores, negros, blancos, tatuajes, marihuana. Adentro era otro
mundo, yo frente a ella, mirándolo todo, a ella y a las
paredes llenas de antigüedades y pinturas originales, eso
creo, ella rodeada de obras de arte, coronada por una lámpara
de lágrimas, ella, una negra manisera y emigrante nacional
entre muebles de cedro, ébano y caoba, no sé de
qué estilo ni época, ella frente a mí y yo
absorto, perdido, agobiado, por el calor, el polvo y mi ingenuidad.
¿Te gusta la música?, me preguntó,
al viejo le gustan los clásicos cubanos, como dice él,
fue cuando mencionó al viejo por primera vez, a mí
me gustan algunos. Fue a una esquina de la sala, el único
espacio tocado por la modernidad, un equipo de música parecía
esperar por ella que ahora coge un compacto entre sus manos, lo
huele, me mira, este es el que más se escucha en esta casa:
Beny, Rita, Lecuona, es una selección, no sé por
qué me gusta tanto esta canción, debería
odiarla; la música comenzó a sonar:
Maní, manisero se va, si te quieres por
el pico divertir cómprate un cucuruchito de maní
La voz de la cantante me parecía falsa,
fingida; gritaba, no sé por qué le gustaba. Es Rita
Montaner, La única, cada vez que vendo maní me acuerdo
de ella y del viejo, que me usa para llenar la ciudad de papeles
y graffiti, mensajes, como dice él. Él colecciona
libros y envía palabras en cucuruchos de maní. Ahora
me habla del viejo, que no sale del cuarto pero lo domina todo,
que es el dueño de todo, que la gente trabaja para él,
venden maní en toda la ciudad, ella sigue hablando del
viejo, que grita, que la vigila. A veces en la madrugada le parece
que la mira y la toca, se despierta de pronto sobresaltada y no
ve a nadie pero sabe que él estuvo ahí, su olor
queda impregnado en las paredes, su aliento después del
jadeo es inconfundible, ácido; la boca llena de saliva
hiede. Él es el dueño de la casa, los muebles, los
cuadros, las alfombras, todo. No tengo dónde vivir, aquí
tengo cama, mesa y techo. Nunca me ha tocado sé que me
mira y se masturba por las noches, a veces se para frente a mi
puerta cuando tiene algún dolor, yo lo ayudo, es solo un
viejo solo, triste y apestoso con un poco de dinero, nunca le
miro a los ojos. Deja de hablar del viejo, le dije; se sentó
en la cama, se abrió la blusa mirándome. Seguro
nunca has estado con una negra, dijo tocándome el pecho.
Yo, nervioso, seguro de lo que quería, ella es una negra
con cuerpo de negra: cintura estrecha, pocas tetas y un gran culo,
yo con mi yardo firme para demostrar que también podía.
Lentamente todo fue adquiriendo el ritmo que ella impuso, me levantó
el pulóver, se abrió la blusa, puse mi boca en cada
uno de sus pezones, ella puso su mano en mi yardo, se asombró,
estaba imponente, gigantesco, yo también me asombré
de mi anatomía, había crecido unos centímetros
más de lo acostumbrado. Nos tiramos a la cama, la penetré
una y otra vez, nos besamos, la besé, le besé la
sonrisa, ella me hablaba, no entendía algunas palabras
pero hablaba: El hombre es el único animal que hace el
amor mirándose a los ojos, no entendí. Me habló
de la escena de la mantequilla de Marlon Brando, yo seguía
sin saber de qué hablaba, de pronto se paró, se
alejó, la perdí de vista entre los muebles y antigüedades,
regresó con un pote de mantequilla. Cójeme el culo,
gritó, la penetré una y otra vez, gritaba, yo la
penetraba, gritaba y yo era un simio, estaba en el cielo, en la
gloria, salvaje, era Brando, ella seguía gritando: liberté,
liberté, liberté, sudaba, de pronto dijo muy claro
jadeando,orgásmica: Tenemos que matar al viejo.
Papeles nunca dijo su nombre ni su edad ni su
grupo sanguíneo tampoco dijo si yo le gustaba sé
que le gustaba gritó mi nombre sudamos mordió mis
labios su olor su pelo la sonrisa ingenua experta dentro de mí
descubriéndola habla se ríe siempre se ríe
tenemos que matar al viejo cama si hablara del parque un tenemos
unánime colectivo la casa la ciudad la negra moviéndose
la ciudad cuanta gente se mueve a esta hora los asesinos se mueven
esperan las víctimas se mueven esperan los parques envejecen
los niños juegan envejecen un precipicio es el borde de
un poema apenas escrito un montón de pasos alineados hacia
cualquier lugar la asfixia en la caída con la esperanza
de exhalar algún aliento mirar al cielo ver nubes punteadas
por pájaros diminutos te llevan al peligro encantar el
tiempo a ciegas olvidarse del reloj en su andar sin retroceso
la muerte del sentenciado es quizás mi muerte muchas voces
no tienen la verdad ¿o sí? Agonizo en el borde de
la tierra la capucha no me deja ver los ojos del verdugo qué
puedo hacer parado al borde de la tierra sin poder dar el primer
paso qué dejo detrás además de un recuerdo
una duda una ciudad una cruz detrás del hombre el hombre
delante de la cruz: un atravesado qué puedo hacer parado
al borde de la tierra si Borges dice que esas personas que se
ignoran están salvando el inundo cómo salvarme de
los naufragios mientras pueda retener amaneceres si las circunstancias
son solo segundos a los que le damos tina importancia desmedida
mi llanto acaricia los oídos de los jueces no me atrevo
a ser náufrago de mí mismo aunque navego a la deriva
a mis espaldas y solo soy un cuerpo disperso entre los otros.
El viejo espera, el asesino espera, se mueve,
el viejo lo mira, el asesino mira al viejo, al viejo le tiemblan
las manos como manos de viejo, las manos del asesino tiemblan
como manos de cobarde, inseguro, indeciso; suda, espera, no habla,
solo espera, el viejo no habla solo espera y tiembla: estoy ahí,
con el viejo, a veces no sé si soy el asesino, no estoy
seguro si somos el viejo, el asesino y yo; yo tiemblo, sudo, las
manos no saben qué hacer, una mujer me ha convencido para
que mate al viejo; el viejo te domina, te controla, vigila todo
tus pasos, sus palabras recorren la ciudad, van de mano en mano,
de papel en papel. La imagen del viejo cala en mí lastimosamente,
da pena, dolor, me detengo por la duda, no sé si enfrentarlo
y matarlo o ayudarlo a morir. No parece un viejo malo, huraño
y apestoso, todo a su alrededor lo delata, tiene su huella, la
cama destendida, con una sábana mugrienta, el polvo sobre
los libros, la mesa llena de restos de alimentos. Es un viejo
sucio, solo y triste que se convertirá en víctima,
un viejo que siempre dice la última palabra, y yo soy el
elegido para detenerlo; no se mueve, solo me mira, creo que me
mira, parece indefenso, su mirada no es esquiva ni ofensiva, lo
veo de perfil, no sé si sonríe o hace una mueca
con la boca, deja ver lo que queda de sus dientes, sucios, careados;
su aliento llega hasta mí, el jadeo es el único
sonido entre los dos; el infeliz y yo, el viejo y yo, también
infeliz, entre las sombras sin identidad y con una idea: matar
al viejo. Motivo, no había ninguno. La pasión no
intervenía para nada,… Nunca me había hecho
daño. Jamás me insultó. Su oro no despertó
en mí ninguna codicia. Creo que era su ojo. ¡Si esto
es! Uno de sus ojos se parecía al de un buitre. Un ojo
azul pálido, con una catarata. Cuantas veces se posaba
sobre mí me helaba la sangre. Y así, lentamente,
muy gradualmente, se me metió en la cabeza la idea de matar
al viejo y librarme para siempre del ojo aquel.
Los parques son alegres, los niños juegan,
los viejos juegan a la sombra, los enamorados se buscan. Este
no me gusta, los carros fúnebres pasan despacio uno tras
otro, silentes, grises, negros, desde temprano; a veces hasta
cinco en el día, el último pasa antes de las 4 pm
en caravana lenta, ceremoniosa, entonces todos se paran, hacen
silencio, cruzan los dedos y se persignan, después todo
es como al principio, se escuchan las voces, las voces de los
niños, la voz de ella.
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