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Isla desierta sin faro

Cuento, Por: Aymara Farramola / Ilustraciones: Esteban Machado / Fuente: www.caimanbarbudo.cu / Publicado: 11 de diciembre 2008
 
   

Ésta es la tierra…
te la he puesto ante los ojos,
más allá no has de pasar.
Deuteronomio 34:4

El faro aún estaba encendido cuando me despertó el gran ruido del hambre escurriéndose entre las tablas de la casa. El olor a madera muerta, corrompida por el salitre, me provocó arqueadas. Era el amanecer de otro día en mi país desierto, desertado: sin noches y sin estaciones.
El mar y el cielo parecían una misma cosa: azul ceniza, recipiente moldeado con las arenas de la playa, donde recalan los desperdicios traídos por la marea desde alta mar o el infierno.
La orilla se ha convertido en el santo refugio de los crustáceos, que desde sus agujeros mueven las tenazas de un lado a otro, amenazantes incluso ya sin enemigos, dispuestos a dar batalla por un nuevo botín.

Miré al cielo y vi tres aves blancas volando en estrechos círculos, cerca de los cúmulos de desperdicios. Era un augurio, una advertencia de que lo peor aún no había pasado, no sé bien. Igual me asusté ridículamente y, en lugar de huir, salí de casa y corrí hacia la playa.
Cuando llegué, ya algunos cangrejos pellizcaban sin piedad la mano yerta, sin cuerpo ni nombre, que descansaba sobre la arena junto a una botella. La mano de un hombre extendida, transparente, suplicando ayuda en lo oscuro, vomitada por la noche y el mar. Por un momento adiviné el musgo, la humedad, el dolor de aquellas líneas de muerte en la superficie de la carne: una escritura que a nadie en el mundo le interesaría leer, con la puntuación tensa de cinco dedos apuntando hacia dios.
Nada pude: creí. La escena me horrorizó tanto que, esta vez sí, huí buscando la luz: una luz imposible de ver en pleno día, saliendo del faro en todas direcciones, como si intentara guiarme de vuelta a la casa construida a su lado.
Aquella maldita noche no pude cerrar un ojo. “Voy a morir”, repetía dentro de mi cabeza la mano abandonada frente a Dios, y él la contemplaba largamente, como quien contempla pequeños cuadros anunciadores del fin.
La mano abierta se coló en mis delirios provocándome fiebres muy altas. Me debatí incesantemente entre la idea de brindarle auxilio, sepulcro, o arrojarla al mar fuera de mi vista. De cualquier manera, la imagen aciaga de aquella mano solitaria me quitó el sueño, pero fue peor. Muy pronto se convirtió en pesadilla despierta, adquirió voces, los rostros imprecisos de amigos y familiares olvidados, incluso la escuché gritar desgarradoramente mi nombre: un grito absurdo y sin boca.
Me tapé los oídos y fue inútil. Pensé: ¿será esto la muerte? Imaginé un enjambre de cangrejos violentando su carne. Miré mis manos. Sentí en ellas las mordidas de los gusanos de mar, construyendo túneles de sangre en su desolación, que de pronto era la mía también. Desde lo callado, sospeché la silueta de alguien que asiente, y me muestra una escalera de peldaños inagotables hacia una ciudad, la otra, inmersa en el bullicio y el humo de los autos, en donde voy a perderme.
Y me eché a llorar.
Toda la noche la idea de regresar a la playa me mantuvo despierto, pero no pude moverme hasta que los ruidos cesaron.
Al amanecer, el faro ya no alumbraba. Se había apagado solo. Semejante detalle me preocupó: ¿una avería quizás? Pero las aves blancas seguían graznando en el cielo, recortando estrechos círculos cada vez más cerca de los desperdicios. No lo pensé dos veces. Antes de salir, prendí un poco de resina de almácigo con un diente de ajo, para que el espíritu de algo vivo ahuyentara las malas influencias y la desmemoria: un rito que recuerdo de niño en la voz y acciones de mi padre. Salí y caminé entonces de vuelta a la playa.
Me persigné tres veces cuando vi el hueco en su dorso. La viré con una estaca. La irreal palma de la mano apareció ante mí. Sin huesos, sin tendones, sin piel. Un agujero blanco, coronado con cinco dedos rígidos como si fuera una estrella. También hilillos de hormigas azules, las más venenosas, y un rastro de arena roja en distintas direcciones. La botella permanecía en su sitio como una brújula inmóvil, y los nuevos desperdicios traídos por la marea formaban una estela fosforescente sobre la arena.
Encima de mi cabeza las fatídicas aves chillaron con más fuerza. Miré al cielo. Llovería muy pronto, seguro. Mi padre decía que cuando un hombre bueno muere, dios siempre llueve en su honor. Nunca supe si esta idea era veneración o herejía. Antes de volver, reparé otra vez en la botella. La tomé y regresé a casa mareado por el coro de pájaros alrededor.
El frasco no pesaba nada. Era una botella cerrada con un pedazo de corcho común: de geografía larga y estrecha de las que ya no abundan desde hace dos, tres o tal vez cuatro décadas. Sentí un escalofrío al recordar el gesto de la mano al virarla. Con gusto la hubiera devuelto al mar, pero temí que retornase por cualquier otro punto de la isla, contaminándolo todo, sin volver a ser mía jamás.
Pensé: cumplamos pues, su última voluntad. Y así fue. De haber sabido que un viejo manuscrito guardado en su interior transformaría mi mundo, no la hubiera abierto. Lo juro. O tal vez sí, sería precipitado jurar.
Esa noche no me llevé ni un pedazo de pan a la boca. La angustia se me atoró en los pómulos y la garganta. Leí por milésima vez aquel papel rescatado de otra noche y del mar. Comencé a llorar. A llorar de verdad, no como haría un hombre que se ha quedado sin padre, sin madre, y sin patria. Apreté sobre mi pecho el manuscrito, intentando retener algo: una imagen, una idea, una palabra. Y me dormí llorando por mí, por la mano amputada de dios padre: dios hijo hecho carne, dios espíritu santo, y por cualquier otra mano de hombre capaz de poner por escrito semejante vorágine del futuro, casi una profecía.
Al día siguiente, fue como si no hubiese amanecido. No paraba de llover. La lluvia rojiza hace que sienta un olor amorfo caminándome por el cuerpo: un hedor a carne humana en descomposición, a despojos, a líquido seminal de crustáceos apareándose, a ajo quemado, al rapé húmedo de la pipa y la saliva de mi padre, al amoníaco de las sinagogas, a vaho matutino, a ciudad perdida, a día después de la batalla. Me contamina y no puedo evitarlo. Siento asco hasta de respirar bajo el escándalo de este aguacero.
La presencia de aquella mano en la playa, las palabras del viejo manuscrito, y la lluvia rojiza de mil y un olores, me hacen sentir que la muerte es el exasperado rostro de mi vida. Que ha regresado en menudos pedazos a esta isla desierta con faro: ¿un faro averiado quizás? No puedo comprenderlo del todo, pero sé que ya no hay nada que hacer allá afuera: todo está muerto, todo parece sánscrito. Miro una y otra vez el escenario, lo que va quedando de un teatro sin títeres que se desmorona con cada intento por retenerlo: astillas de huesos sin historia que no blanqueara la lluvia.
Veo la silueta del almácigo, mi árbol: el único que ha sobrevivido en una isla a la redonda. Bajo sus ramas a medio secar y a medio reverdecer, le he rezado y me he creído yo mismo un dios en este paraje desierto. En ellas voy colgando retazos de la verdad y la mentira: huellas de personas que alguna vez tocaron a mi puerta, inexplicables jabas de nylon, aviones y barcos de papel maché doblados por el viento o por nadie, purificando la humillada condición del polvo, ostras que abandonaron la concha para hacerse devorar, cientos de pomos y pomos plásticos, peces infectos, cactus locos que no cesan de parir sus rabiosas flores rojas, un buen par de silencios a viva voz, y tal vez, ahora, si me decidiera, colgar también la mano hueca, la botella vacía y su manuscrito ondeando al viento como una bandera insatisfecha que se resiste a ser desguazada…
Me arropé bien. Quería regresar a la playa a buscar lo que quedaba de la mano. No pude. La lluvia, era cada vez más fuerte. Se apoderó de mí un miedo a morir solo. Después de todo por mis venas corre sangre judía y sé muy bien lo que es el terror. Enrollé el manuscrito y lo coloqué frente a mí. Es tarde, no he cenado. El candil de las velas, la casa en silencio, la oscuridad exterior, los últimos instantes de la vigilia, me dan el derecho de hablar, aunque sea hablar de cosas miserables. Y utilizo apresuradamente ese derecho. Antes de que mis fuerzas no alcancen para una sola frase más, mientras parto un viejo trozo de pan:
—No estamos solos, nos acompañan los muertos que poco a poco, órgano a órgano, una mano ahora, un ojo luego, y un pedazo de torso después, regresan para volverse a morir. Fui hijo de judíos que salieron huyendo de Europa y tal vez de Judea, de la Torah y del jeroglífico sin vocales de Dios, de las leyes paganas y de un Estado pronunciado en mayúsculas. De horror en horror, tropezando a cada paso con los cadáveres torturados de sus hermanos, sin que nunca terminaran de huir. El miedo también se hereda, y se trafica de contrabando de Odessa a Praga a Estambul a Milán a Niza a Ottawa a Nueva York a La Habana.
Imagino a mis padres muy fatigados de tantas vueltas en círculos, como pájaros blancos, blandiendo un documento viejo y más de un pasaporte falso. Imperturbables: sin nación, sin rumbo, sin esperanzas, sentados en un banco del metro que jamás terminaron de construir esperando ese tren que no llegó. Mi madre murió tan joven que tal vez papá no encontró la paz que buscaba, pero su vida acabó aquí en esta isla, frente al mar, en esta pequeña casa junto al faro...
—Juré ante sus tumbas que el miedo moriría conmigo. Y así lo hice. Los habitantes de la isla huyeron todos, cansados de tanta representación inútil. Pretendieron salvarse a nado de su propio llanto. Poco a poco se lanzaron al mar con sus jabas de nylon, sus antifaces de papel maché, sus pomos plásticos, sus miserias y miedos. Abrieron sus ventanas y emigraron. Se convirtieron en remos que al alejarse, sólo fueron eso: remos que se alejan, sin brújula ni embarcación...
—Del otro lado la bestia los acogió en sus brazos, pero antes los marcó para siempre con un número, una cifra con la cual diferenciarlos de sus verdaderos hijos. Y la carne de sus cuerpos sirvió de alimento a los más voraces pájaros del cielo. Yo me negué a ser el AAA666. Y no me arrepiento. Permanecí firme, en la orilla, observando atónito como la vida se despedía de mí…
—Ahora sólo me duele el vacío, la soledad demográfica bajo la luz natal que de pronto me parece extranjera, la ingravidez: ese sentimiento atroz ocupando los espacios en blanco, sin nadie que voltee la página…
—Para no olvidar, comencé a escribir palabras y palabras en los restos de madera que aparecían cada mañana en la orilla de playa. La nada interior se hizo más compacta: una mañana me encontré caminando en ella: la isla desierta bajo mis pies...
—Resistí al destierro en la misma tierra que me parió: mi patria. Y en ese caer apagado, silenciosamente derrotista, ya sin ciudad, sin amigos, sin familiares ni dios, terminé amando lo que hoy se muere tal vez: el faro averiado o la posibilidad de que, al otro lado, alguien se anime a un regreso guiado por la misma luz que antes los espantó...
—Papá decía que al morir no me dejaría más que lo que heredó de su padre: la pipa, el mal humor y unas botas desgastadas. Creó que me dejó algo más que eso: una casa varada junto al mar haciendo agua por sus siete puertas y ninguna ventana. Inexplicablemente, mi padre creía en las puertas. Ahora recuerdo que mi madre, también era supersticiosa. Mi padre nunca me contó si dijo algo antes de morir...
—Mi viejo balbuceaba frases incomprensibles en yiddish, una lengua en la que no se puede escribir, sentado en la terraza, fumando su pipa y mirando al mar, ya sin creer del todo en dios pero tampoco en la ausencia de dios. Aún conservo aquella imagen suya: papá saliendo por la séptima puerta todos los días del año. Siempre regresaba cabizbajo, con las redes vacías alrededor de su cuello. Me parece verlo con las manos a la espalda, sin saber qué hacer o cómo respirar, sin dejar nunca de chupar aquella espantosa pipa. La escena me horrorizaba, y no sé aún por qué el humo le daba cierto aire misterioso al asunto. Comienzo a sospechar que papá nada sabía de esta isla y el mar.
La lluvia ha terminado. Estoy cansado. Ya no hay olor. De alguna manera siento que se pudre lentamente en mi alma el cadáver de alguien que desconozco. Tengo miedo, lo confieso: tengo miedo de morir y no recordarlo. Extiendo el manuscrito a mi lado. Me echo junto a él y dejo de susurrarle cosas. No quiero que se aburra de mí tan pronto y se largue como los otros, dejándome para siempre sin la palabra. El lenguaje es la patria: es lo que hace soportable esta espera irreal, de la casa al faro a la playa, y luego el mismo discurso pero al revés.
Desperté llorando. Llorando a chorros. Por primera vez no había soñado, ni siquiera una pesadilla. El recuerdo del ladrido de un perro, me había despertado. Era suficiente. Agarré la botella, el manuscrito, y un pedazo de soga. Salí al patio. Me temblaba la mano. Caí de rodillas ante la mata de almácigo. Imposible. Un cobarde no puede acabar con su vida, necesita a otro hombre amante de todos los hombres para ayudarlo a perecer. Entonces grité: «Hágase la muerte», y dios calló una vez más a mi alrededor. Y el rostro de Santa María de Cracovia apareció ante mí, como una larga calle desolada en la que perdí toda esperanza. Y sentí desprecio por la vida, por las guerras, por los clavos y los dioses de siempre. Grité con todas mis fuerzas, palabras ominosas para despertar a mis amigos muertos. Llamé a los hombres que nacieron póstumos: héroes que ofrendaron su vida por esta tierra abandonada. Llamé a mis padres. Blasfemé. Corrí a la playa y me revolqué en sus arenas envenenadas por los crustáceos. La mano ya no estaba, sólo el hueco desafiante de su ausencia, y un rastro de arena roja en distintas direcciones. Rasgué los jirones de ropa que aun quedaban sobre mi cuerpo. Tiré de mis greñas hasta arrancarme los pedazos. Grité y grité hasta escupir sangre y silencio. Me quedé desnudo y sin voz, pero no pude acabar con mi miserable existencia, aun sabiendo que la paz pútrida de esta isla de islas, terminará por convertirme en ese dios que debo aniquilar como un acto necesario. Una teatral liberación. La libertad es una ilusión, un almácigo donde cuelgo reliquias de tiempos mejores, una botella que pateo de vuelta al mar, el hueco de una mano que las aves blancas secuestraron en sus picos, extirpándola de mi vista, sin volver a ser mía jamás.
Es de noche. Camino de espaldas, sé que camino de espaldas. Deambulo por esta isla, desnudo, con la soga al cuello y el viejo manuscrito bajo el brazo. El faro alumbra de nuevo, con su luz fija y no intermitente, enceguecedora: ¿será otro tipo de avería peor?
La marca de mis pisadas reversas evoca las 666 generaciones de muertos sobre esta tierra. Me detengo a escuchar el silencio de dios, porque él también se ha quedado sin la palabra. Una parte de mí confía en la luz. La otra parte teme a su despótico exceso.
Doy un paso más y una ola sucia me salpica la cara. Ya no logro recordar ni mi nombre. Estoy cansado de esta espera irreal, de la casa al faro a la playa, y luego el mismo discurso pero al revés. Aprieto con fuerza el manuscrito. Entre mis dedos se ahoga la palabra. He decidido seguir a mis demonios. Ser su esclavo. Caminar hacia la inmensidad de una luz que desconozco, emboscado por la basura que cada vez es mayor y los dones mudos de esta isla desierta. Caminar, tan sólo caminar, con los dos brazos extendidos, clavados al ábside inexistente, desangrándome en silencio para sosegar al mundo: esperando el final.