Las elevaciones de Cuba, determinan la línea
divisoria de las aguas que corren desde
su interior hacia las costas, más
o menos de norte a sur o de sur a norte.
En pocas regiones del país se altera
esa distribución hidrográfica.
La forma alargada y estrecha de la isla,
condiciona que los cursos fluviales sean,
en términos generales, de longitud
limitada y caudal reducido, o sea, son de
corto tramo y suaves corrientes, salvo cuando
intervienen precipitaciones extremas debido
a tormentas o
ciclones
tropicales, todo lo cual modifica este
régimen debido a la escasa forestación
de algunas elevaciones y montañas,
y ha llevado a la construcción de
cientos de presas o embalses para regular
las avenidas de los ríos.
La existencia de una especie de línea
divisoria o parteaguas, más o menos
central a lo largo de la ínsula,
y también en algunas cadenas montañosas
orientadas de este a oeste, determinan dos
vertientes principales: la norte y la sur,
según afirma el doctor Antonio Núñez
Jiménez en sus estudios sobre el
tema.
La presencia de acuíferos cársicos
(carso) subterráneos o circulación
de agua a través de rocas calizas
fisuradas, que alimentan los ríos
mediante manantiales, impide que éstos
lleguen a secarse por completo durante el
periodo de menos lluvia (invierno). De no
ser así, buena parte de los cursos
de agua de la isla serían intermitentes.
Cuba cuenta con unos 900 ríos permanentes
e intermitentes y miles de arroyos, siendo
en la
región
oriental, por las dimensiones del territorio,
la distribución del relieve y las
numerosas precipitaciones, donde existe
el mayor sistema fluvial.
Figuran entre los principales ríos
del país los siguientes: de oeste
a este, el
Cuyaguateje,
y
San
Diego, en Pinar del Río;
Mayabeque
en La Habana;
Almendares
en Ciudad de La Habana;
Hatiguanico
en Matanzas;
Hanabanilla
y
Sagua
la Grande en Villa Clara;
Agabama
y el
Zaza
en Sancti Spíritus;
Máximo
en Camagüey;
Cauto
y
Bayamo,
en Granma;
Contramaestre
en Santiago de Cuba y el
Toa
en Guantánamo.