En el oriente cubano, entre las montañas
de la
Sierra
Maestra y el
Mar
Caribe, se encuentra una especie de
improvisada galería donde la naturaleza
exhibe sus mejores obras: el
Parque
de Baconao, declarado Reserva de la
Biosfera por la Organización de las
Naciones Unidas para la Educación,
la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
Con una extensión de 80 mil hectáreas,
esta área comprende la Granjita Siboney,
la
Gran
Piedra y el cafetal La Isabelica; el
Museo de Ciencias Naturales y el Jardín
de los Cactus.
Allí también se realiza un
viaje en la máquina del tiempo, al
visitar el Valle de la Prehistoria, con
más de 200 esculturas, las cuales
representan los animales que poblaron la
Tierra hace millones de años.
El Museo del Transporte Terrestre, con antiguos
coches y modernos automóviles; una
galería al aire libre sobre la Arqueología
Mesoamericana, con réplicas de importantes
obras del período prehispánico,
integran también ese fantástico
entorno, complementado con otras exhibiciones
y entretenimientos para niños y adultos,
entre las que sobresale un acuario con espectáculos
de leones marinos, focas y delfines.
Otros lugares de Baconao muestran sitios
arqueológicos de interés,
en cuevas y lugares de asentamiento de los
aborígenes precolombinos; restos
de fortines españoles que defendían
las costas de esa área de corsarios
y piratas y vestigios de las minas de hierro
más antiguas de Cuba, fundadas por
los españoles en el siglo XVI.
Ríos, lagunas y una vegetación
propia de zonas secas, donde se encuentran
diversas especies de
cactus,
bellísimos
helechos
arborescentes y los bosques de las montañas,
saturan al viajero de aromas y colores nunca
antes apreciados. Un verdadero rosario de
playas de aguas tranquilas unas y agresivas
otras, unas escondidas en algún recodo
de las costas, otras abiertas al
Mar
Caribe, adornan estos parajes puestos
a disposición del ecoturismo, entre
ellas las de Juraguá, Damayajabo,
Daiquirí, Sigua, Cazonal, Bucanero
y Baconao.