En
las altas márgenes sureñas
de la
Bahía
de Matanzas, se encuentra una de las
joyas que la Naturaleza otorgó a
Cuba: la Cueva de Bellamar, considerada
una de las más famosas del mundo.
Su hallazgo fue obra de la casualidad allá
por el siglo XIX. Según se dice,
fue el peón Justo Wong quien el 17
de abril de 1861, cuando golpeaba una piedra
por orden de su patrón Don Manuel
Santos Parga, descubrió una entrada
que conducía hacia las entrañas
de la Tierra. Ante los ojos del asombrado
asiático se presentó un maravilloso
paisaje subterráneo, a manera de
museo, donde se exhiben las más caprichosas
figuras, creadas pacientemente por tres
elementos: piedra, agua y tiempo.
Cristalinas
estalactitas
y
estalagmitas,
son las encargadas de la decoración
interior de los salones y galerías
mostrados en dos mil 90 metros de longitud
de la gruta, de acuerdo con mediciones hechas
por la Sociedad Espeleológica de
Cuba.
Formas humanas y animales, flores, fuentes
de la juventud, del matrimonio o del divorcio,
el Manto de Colón (Cristóbal),
catedrales, gargantas de tigres, niños
durmiendo, bailarinas y numerosas imágenes
más son descubiertas por los visitantes,
en los distintos niveles de la caverna.
El llamado Baño de la Americana,
una poceta natural rodeada de una increíble
cortina pétrea, encierra una leyenda:
la de una norteamericana que se ahogó
en esas aguas, y que no pasa de ser otra
de las tantas fantasías atesoradas
en el maravilloso mundo subterráneo
de la Cueva de Bellamar.
Recientemente, espeleólogos matanceros
descubrieron la conexión de esta
caverna con una espelunca vecina, nombrada
El Gato Jíbaro, con lo cual quedó
conformado el Sistema Cavernario Bellamar-Gato
Jíbaro, con más de 14 kilómetros
de extensión.