Aunque se afirma que el primer ciclón
conocido en Cuba lo observó el Almirante
Cristóbal Colón en 1494, cuando
navegaba alrededor de la isla, lo único
cierto es que sólo existen datos
oficiales sobre ese fenómeno desde
1876, de acuerdo con especialistas en la
materia.
El
archipiélago cubano es afectado
por los ciclones tropicales que se forman
en el
Mar
Caribe y en el Océano Atlántico.
Por la velocidad de sus vientos, estos son
los organismos más peligrosos que
cruzan sobre este territorio.
Según su definición, se trata
de un remolino atmosférico, de grandes
dimensiones, en el cual las corrientes de
aire giran circularmente a gran velocidad,
en torno a un área de baja presión
o vórtice.
Su diámetro oscila entre 300 y 1000
kilómetros y una altura de hasta
15 kilómetros. En su vórtice
u ojo de la tormenta, hay una calma casi
absoluta, y se mueve a una velocidad que
va desde ocho a 20 km/h, mientras los vientos
giran a ese centro a velocidades que alcanzan
hasta más de 200 km/h.
Ese fenómeno tropical -mucho más
destructor que los
ciclones
extratropicales- se caracteriza, además,
por las intensas y prolongadas lluvias que
lo acompañan y por los fuertes vientos
que soplan en rachas, así como por
sus largos recorridos en los que pueden
afectar áreas muy extensas.
Surgen sobre las aguas calientes de ciertas
áreas tropicales de los océanos,
y aunque su origen no ha podido ser bien
explicado, se sabe que para su formación
hacen falta varias condiciones, tales como
la existencia de una zona de bajas presiones
en el mar, donde ocurran continuos aguaceros.
Esta depresión puede ir dando lugar
a vientos cada vez más fuertes y
si todos los factores lo favorecen, el organismo
en formación será impulsado
por el movimiento de rotación de
la Tierra y se convertirá en un ciclón.
No todas las depresiones tropicales se convierten
en ciclones, pero todos los ciclones proceden
de depresiones. Existe también otro
tipo de ciclón de pequeñas
dimensiones, aunque con mucha fuerza destructiva,
llamado
tornado.
Los fenómenos tropicales se producen
en el verano y hasta bien avanzado el otoño.
En el
Mar
Caribe y el Golfo de México,
la temporada ciclónica comprende
desde mayo hasta diciembre, pero para Cuba
se reduce al período entre el primero
de junio hasta el 30 de noviembre. Los de
inicio de temporada surgen, casi siempre,
en el Caribe occidental, que comprende desde
el meridiano 75 (el que pasa por
Guantánamo)
hacia el oeste.
También pueden originarse en el Caribe
oriental, desde
Guantánamo
hacia el este, con mayor probabilidad de
ocurrencia hacia los meses de agosto y septiembre.
Históricamente, los meses más
peligrosos para Cuba son los de septiembre
y octubre, dada la mayor ocurrencia de organismos
que la han afectado en ese período.
En un año, como promedio se reportan
entre 80 y 100 de esos fenómenos
en todos los océanos del mundo.
El nombre genérico de ciclón
se aplica a tres tipos de perturbaciones:
depresión, tormenta tropical y huracán.
La depresión presenta vientos máximos
que no sobrepasan los 62 km/h, no tiene
formación nubosa bien definida y
el área de lluvias está alejada
del centro o vórtice. Su característica
esencial es la cantidad de precipitaciones
que produce.
Una tormenta tropical cuenta con vientos
máximos superiores a los 63 km/h
hasta los 117 km/h; comienza a aparecer
un centro de circulación más
compacto y definido; se forma un anillo
de máxima concentración de
fuerza de los vientos; la velocidad se organiza
alrededor del ojo del ciclón, al
igual que la nubosidad y el viento empieza
a cobrar importancia. Se denomina huracán
cuando los vientos máximos son mayores
a los 118 km/h.
La meteorología cubana los clasifica
de poca intensidad si las rachas oscilan
entre 118-150 km/h; moderada intensidad
151-200 km/h y de gran intensidad a los
que tienen vientos máximos superiores
a los 200 km/h. El Centro Nacional de Huracanes
de Estados Unidos los valora, según
la escala Saffir/Simpson de cinco grados.
De acuerdo con ello, por ejemplo, el "Gilbert",
considerado el "huracán del
siglo", que en septiembre de 1988 azotó
El Caribe, Centroamerica, México
y Estados Unidos, obtuvo grado cinco de
acuerdo con esa institución norteamericana.
Otros ciclones que han alcanzado esa categoría
en el siglo XX fueron el Allen (1980) y
el Camille (1969).
En cuanto a los nombres, estos comenzaron
a emplearse ya en tiempos de la América
colonial. Pero fue a partir de los años
70 de este siglo, que la Organización
Meteorológica Mundial acordó
dar nombres de mujer o de hombre, alternativamente,
a esos fenómenos, a partir de que
alcancen categoría de tormenta tropical
(vientos superiores a los 63 km/h y hasta
117 km/h). Asimismo, se empleará
el idioma de la región donde se produzcan,
así por ejemplo, en el Caribe se
usa el inglés, francés y español
para designar a los ciclones, también
de forma alterna.
Como dato curioso puede decirse que si alguno
de esos organismos resulta significativo,
por la destrucción que origina o
por otro motivo, ese nombre no vuelve a
repetirse jamás (Flora, Gilbert,
Allen, Camille, Andrew, Hugo y otros). Otro
aspecto de interés es que reciben
distinta nominación de acuerdo al
área donde se originan. Por ejemplo,
en el Pacífico, especialmente en
China y Japón, los ciclones se conocen
como tifones, del vocablo chino Tai' fong
que significa "Gran viento". En
Filipinas son llamados "baguíos"
y en Australia "willi-willies".
También hay áreas de huracanes
en el Océano Índico, en las
costas de la India y en el este de Madagascar.
En el siglo XX Cuba ha sido azotada por
varios huracanes de gran fuerza destructiva,
tales como los de octubre de 1926; noviembre
de 1932 en Santa Cruz del Sur, el de octubre
de 1944, en 1963 el huracán Flora,
con una trayectoria en forma de lazo, causó
más de mil muertes y el Kate en 1985
dejó pérdidas millonarias
a la economía en las provincias centrales.
El Inés (1966) recorrió la
isla de un extremo a otro; Camille (1969),
uno de los huracanes de máxima graduación
en la escala Saffir/Simpson en este siglo,
afectó la región pinareña
de Guane; Allen (1980), aunque se originó
lejos de la isla, ocasionó daños
y fuertes lluvias en las provincias orientales;
el Kate (1985), causó pérdidas
millonarias a la economía en las
provincias centrales; Gilbert (1988), no
pasó por Cuba, pero ocasionó
efectos destructivos en el territorio. Numerosos
huracanes y ciclones tropicales han
azotado al Atlántico y el
Mar
Caribe en lo que va del siglo XX.